
Durante décadas la industria espacial fue un club exclusivo. Sin varios cientos de millones de euros para una constelación de satélites o sin el respaldo de una gran agencia gubernamental, los proyectos quedaban varados en tierra, pues el lanzamiento de cohetes se caracteriza por costes elevados, largos plazos de retorno y una frustrante falta de liquidez.
Ahora, la tokenización de activos espaciales está empezando a poner en órbita la lógica de los mercados, convirtiendo rápidamente lo que antes sonaba a ciencia ficción en un auge financiero.
La economía espacial ha experimentado una fuerte expansión, alcanzando una valoración total de 613.000 millones de dólares en 2024. Esta cifra representa un incremento de casi el 48% respecto a los 415.000 millones de dólares en 2018. La nueva composición del mercado pone de manifiesto un cambio decisivo hacia el sector privado, con la actividad comercial acaparando ahora el 78% del total de la economía, mientras que el gasto público representa el 22% restante.
¿Qué papel está jugando en ello la tokenización?
Copernic Space es la primera empresa en tokenizar activos espaciales. El objetivo de la compañía es ayudar a financiar la nueva era espacial tokenizando la propiedad de cargas útiles, lo que permite no sólo financiar proyectos, sino también negociar activos ya lanzados. Dada la complejidad técnica y los costes involucrados, la posibilidad de desinvertir supone un cambio radical para las empresas e instituciones de investigación vinculadas a la actividad espacial.
MoonDAO ha hecho pública su hoja de ruta para captar financiación destinada a adquirir grandes vehículos de lanzamiento (como el Starship de SpaceX). Agrupando capital de miles de miembros, la DAO puede negociar contratos de lanzamiento a gran escala o la propiedad accionarial del propio hardware, reduciendo el coste por kilogramo para sus miembros.
El cinturón de la órbita geoestacionaria es un recurso natural finito. Los satélites no pueden colocarse en cualquier lugar: deben ocupar posiciones orbitales específicas para evitar colisiones e interferencias de radio. Estas posiciones son asignadas por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) a las administraciones nacionales.
Están surgiendo nuevas plataformas, como Space Market, para crear un mercado secundario transparente de estos derechos. Al tokenizar los derechos sobre una posición orbital, los operadores pueden arrendar capacidad no utilizada, introduciendo el descubrimiento de precios en un mercado que nunca lo ha tenido, y permitiendo una asignación más eficiente del espectro radioeléctrico limitado.
La computación orbital va a ser un motor clave del New Space.
Blue Origin lleva más de un año desarrollando tecnología para centros de datos de IA en el espacio, y Bezos prevé centros de datos de escala de gigavatios en el espacio a largo plazo. Empresas como PowerBank y Orbit AI o Starcloud también están trabajando en ello, y se espera que SpaceX se sume.
La gran mayoría del coste de los centros de datos se concentra en dos aspectos: energía y refrigeración, y el espacio cambia por completo las reglas del juego.
Empecemos por la energía, que representa una gran parte del coste de un centro de datos. En órbita, la energía solar está siempre disponible. El suministro es predecible y drásticamente más barato que en tierra. No se requiere una batería para almacenar energía renovable, ni construir una minicentral nuclear junto al centro de datos.
Luego está la refrigeración. En la Tierra, una de las características más penosas de los centros de datos es la complejidad técnica de evacuar el calor, mientras que en el espacio la temperatura se acerca al cero absoluto. Por eso, a diferencia de en la Tierra, no hace falta tecnología puntera para evitar el sobrecalentamiento del hardware. Basta con un radiador acoplado a un lateral del satélite que no esté orientado hacia el Sol.
También está la conectividad. Los centros de datos modernos son, en realidad, redes de ordenadores. En la Tierra se conectan entre sí mediante fibra, que se categoriza como una tecnología láser. Y aunque la conectividad por fibra óptica puede ser extremadamente rápida, más lo es un láser atravesando el vacío.
Además, los satélites pueden conectarse directamente con nuestros dispositivos, en lugar de enrutar los datos a través de redes terrestres con múltiples trayectos, lo que resulta en comunicaciones aún más eficientes.
Las blockchains dependen de la sincronización de la red. En la mayoría de ellas las transacciones fallan si la latencia de red supera el tiempo de bloque. Por eso se está trabajando incluso en protocolos para habilitar la sincronización blockchain entre la Tierra y Marte. Una señal a órbita baja tarda milisegundos. A la Luna, tarda ~1,3 segundos (2,6 s ida y vuelta). A Marte, tarda minutos.
Un nodo estándar de blockchain en Marte difícilmente podría sincronizarse con la Tierra; para cuando llega el bloque, la cadena probablemente ya ha seguido su curso. Por eso, los ingenieros están desarrollando protocolos de redes tolerantes a la demora (Delay Tolerant Network) y arquitecturas de sharding.
En este modelo, un “shard de Marte” ejecutaría consenso a nivel local y liquidaría el estado final en la red principal de la Tierra de forma asíncrona, creando de facto un ecosistema blockchain “de capa 3” para el espacio profundo.
Token City es el puente definitivo hacia a la economía tokenizada (tEconomy), en la que las empresas tokenizadas (tEnterprises) crean sus mercados de cripto activos (tMarkets), abiertos a inversores globales (tCitizens).